Ser mujer en el siglo XXI sin lugar a dudas tiene su propia lectura, un nuevo rol y un significado que va de la mano con la evolución de nuestro tiempo y los contextos sociales.
Han pasado apenas 51 años desde que la ONU declaró la conmemoración del Día Internacional de la Mujer, el 8 de marzo, a partir de 1975 y tan solo en 1977, la Asamblea General invitó a los Estados miembros a proclamar un día al año como «Día de las Naciones Unidas para los derechos de la mujer y la paz internacional».
Más allá de un hecho histórico que hoy nos permite a muchas mujeres, vivir con libertad de acción y elección, el significado que carga el hecho de ser mujeres, en esencia tiene desafíos importantes, no solo en lo económico o social, sino en lo emocional, en lo físico y espiritual.
Ser mujer en el siglo XXI, en muchos lugares del mundo, significa ir tras la realización de las dimensiones personales, profesionales, familiares, afectivas y sociales.
Cumplir las propias expectativas, significa desafiarse, comprometerse y enfrentar las consecuencias de cada decisión tomada. Hoy más que nunca se evidencia cómo es que los aspectos personales tienen un peso significativo en la vida, cómo las presiones por ser y hacer han evolucionado, a tal punto que los cambios han traído nuevos roles, sentires y metas a ser logradas.
Y en este punto, después de algunas experiencias fuertes en la vida, me pregunté, desde ese rol de mujer…
¿Cuántas veces fui mi propia heroína?
La época, el estilo de crianza, el machismo, los años 80…moldearon mi carácter y forma de ser, las creencias y pensamientos, mi manera de ver el mundo. Entonces, después de desmitificar desde la experiencia propia, cada cosa e idea, asentí esa frase como en las películas: “hay una luz al final del túnel”.
Entender desde la praxis que ser mujer “no es tan malo”, que tiene sus cosas buenas, su lado único, su superpoder, es como mirar por primera vez que todo lo bueno, trae sus obsequios.
Cuando la vida te muestra con hechos y no palabras, que no “tienes que ser salvada” por nadie y que no “viniste a salvar a nadie”, empiezas a ser tu propia heroína. Elegir y no necesitar, es la clave para tener libertad, para actuar desde la convicción de quién eres y la generosidad del ser y hacer.
Por mucho tiempo había creído que vinimos al mundo incompletos, más aún cuando desde los años de despertar en la vida, oyes frases como las de “la media naranja”, que no son sino ideas turbias que invaden tu cerebro de manera extraña. Entender que vinimos completos a este mundo, es particularmente revelador.
La vida nos muestra cómo es que tenemos que aprender a darnos primero a nosotros mismos, todo aquello que nos gustaría recibir por parte de los demás, que vinimos completos a este mundo, a disfrutar de la vida y a ser felices.
El impuesto a la impostora

Del famoso “síndrome del impostor”, un fenómeno psicológico, en el cual una voz interna te dice que no eres suficiente, donde dudas de tus logros, atribuyendo tu éxito a la suerte en lugar de a tu competencia, afecta la autoconfianza e incrementa el temor al fracaso.
Puedo decir que en ocasiones ser mujer en pleno siglo XXI, aún tiene estas cargas, que quizás se hacen más evidentes, en la lucha constante con la idea de «ser una buena mujer». A continuación, me hice nuevas preguntas: ¿en qué áreas de mi vida siento que estoy pidiendo permiso para ser yo misma?, ¿a quién se lo estoy pidiendo realmente? Si mañana despertara y no tuviera que complacer a nadie, ¿qué sería lo primero que dejaría de hacer? …aún trabajo en las respuestas.
Energía femenina y energía masculina
Poniendo la vida de una mujer en perspectiva, si algo he descubierto es que todos tenemos de todo y ser mujeres, no significa necesariamente tener 100% energía femenina.
Las personas estamos hechas de energía, que se diferencia en femenina: la que crea, fluye e inspira; y masculina, la que da estructura, determinación y acción. Todo ser humano lleva una carga de las dos.
El meollo del asunto, es hallar el equilibrio entre las dos, para cada circunstancia en la vida, para cada cosa que emprendemos y hacemos.
Hay contextos que a veces resultan determinantes y llegan de manera inevitable, que moldean nuestro ser y actuación. Hay quienes tienen mucho de la una y poco de la otra, independientemente de su condición de mujeres u hombres. He ahí el porqué encontramos a mujeres no solo empoderadas, sino apoderadas; a hombres que quieren ser conquistados todo el tiempo y personalidades que no definen de qué lado mismo hacer las cosas.
Desarrollar un rol, estar en un lugar y con una responsabilidad, provoca más de la una que de la otra.
8 de marzo…
El día de la mujer es una conmemoración, pero también un momento para interiorizar todo eso que nos hace particulares, que nos hace especiales, que es nuestro “superpoder”, para ser nosotras mismas y cultivar el equilibrio en nuestra energía.
Porque haber nacido mujer, es una oportunidad y una promesa para cambiar el mundo.






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