Hay momentos en la vida que ponen a prueba nuestro control, donde las emociones viajan a mil por hora, suben y bajan; y cuando no tienen una reflexión oportuna, desbordan los sentidos.
Después de enfrentar dos veces el quirófano en una semana, una empieza a valorar las cosas simples de la vida, que son las que nos permiten sentirla y disfrutarla.
Poder ver, hablar, escuchar, respirar, son solo algunas de esas “cosas simples”, que pasan por desapercibidas, pero que cuando están en riesgo, nos ponen en perspectiva.
Sentí que con mi reciente proceso quirúrgico volvía a tener 9 años, estaba aterrada y no quería admitirlo…siempre tengo la manía de querer ser fuerte, fingir que nada está pasando y que no amerita exponer mis sentimientos. La verdad, es que nada de eso me ha funcionado nunca y, sin embargo, insisto en seguir haciéndolo.
Este episodio de mi vida, expuso mi vulnerabilidad, me trajo recuerdos de infancia, cosas que pensé habían quedado en el pasado y que no tenían mayor importancia, pero como en un cortometraje, pasaban por mi mente, trayendo a mi recuerdo, exactamente el mismo sentimiento que había percibido en aquella ocasión, en que pasaba por un momento de salud difícil y que no sabía cómo expresarlo.
Viví un proceso de estrés extremo, a tal punto que mi cuerpo empezaba a hablar y a enviarme señales de que era necesario un desahogo, poder hablarlo, decirlo en voz alta, llorar… (aunque mi condición no lo permitía), digerir como adulta lo que estaba sintiendo, pero escuchando a esa niña que estaba asustada, sin poder procesar el miedo que tenía.
La combinación de reflexiones, emociones y el impacto de lo que en el presente está sucediendo, pareciera que son los componentes de una bomba de tiempo, esperando por fin el momento para explotar. Así intento describir el calibre de estrés que traía.
Hay momentos que de adultos nos revelan lo que no procesamos por completo en la infancia, lo que no resolvimos e hicimos lo posible por olvidar. Es increíble cómo en momentos de dificultad siendo adultos, simplemente salen y nos transportan a esos pasajes que creíamos olvidados.
Pero, ser adultos no significa dejar de tener miedo, aunque, últimamente he llegado a pensar que de joven era más valiente o más audaz, pero lo cierto es que la adultez me da la oportunidad de conocerme más profundamente, sobre todo aquellas partes de mí que aún insisto en esconder, esas que niego que estoy sintiendo. Entonces, ahí sí creo que soy más valiente, pues no es sencillo confrontarse a uno mismo.
Finalmente, en una mezcla entre la niña de 9 años y la que hoy tiene 5 veces más esa edad, descubrí que está bien sentir miedo, que es válido expresar que lo tienes. Hablarme a mí misma desde un lugar amigable, con paciencia y ternura.
Calmar la ansiedad, el miedo y el estrés, es quizás una de las tareas más duras que la adultez me ha entregado, porque confronta mi determinación y carácter. Una madrugada, intentando conciliar el sueño, a sabiendas de que al siguiente día volvería a entrar al quirófano, una voz clara y serena, que vino a calmar mi mente, empezó a enumerar todas aquellas dificultades que había vivido años atrás, todas y cada una, cómo fueron, cómo se sintieron y sobre todo, cómo había salido de ahí, cómo las había superado, una y otra vez, con miedo, pero a la vez con valentía; y hoy estaba aquí, enfrentando un nuevo desafío y dificultad. Esa voz me dijo: “tu puedes, saldrás de esta también”.

Recordar a través de esa voz en mi mente, me ayudó a conciliar el sueño, a sentir que podría enfrentar una vez más un momento de tensión. No les diré que fue sencillo, en realidad fue muy duro, pero llegué a la misma conclusión de las veces anteriores: me tenía a mí misma para sortear esa dificultad, tenía el cariño de mi familia y amigos, tenía alguien que me esperaba en casa; y con eso ya era afortunada. Lo demás, quedó en manos de mis médicos y lo que el universo dispusiera.
Algo que me resultó grande y muy conmovedor, dentro de todos los demás procesos vividos, es que, por primera vez, conté con un equipo médico, que hizo sincronía con la parte emocional y psicológica por la que yo estaba atravesando. Su paciencia y empatía, sin lugar a dudas, fue mi sostén en el momento más fuerte que viví ahí dentro.
¡Que alguien te tome de la mano en pleno quirófano y te diga que todo estará bien, tiene un valor invaluable!
Yo Pienso que la vida es de momentos. Creo que la vida es un regalo y un milagro. Escribo estas letras, para decirles gracias a todos y cada uno de quienes estuvieron junto a mí, cuidándome, queriéndome y esperándome.
Pienso. Creo. Escribo.






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