Hay momentos que nos impulsan a dar lo mejor de nosotros mismos, a convertirnos en mejores personas o al menos en una versión más bonita. Hay momentos que opacan nuestra luz o nos rompen en lo más profundo, otros que sacan lo mejor y más maravilloso, que quizás hasta desconocíamos que lo llevábamos dentro.
Ernest Hemingway escribió una vez: «La lección más difícil que he tenido que aprender como adulto es la incesante necesidad de seguir adelante, sin importar lo destrozado que me sienta por dentro». Y entre lo uno y lo otro, puedo decir que la vida es precisamente eso: momentos que son parte y piezas del rompecabezas.
En medio de una sociedad que se caracteriza por la inmediatez y la intolerancia, es complejo o sino por lo menos difícil, aprender a lidiar con el paso lento del tiempo, donde la inmediatez, por ejemplo, no puede curar un “corazón roto” y el único camino es aprender a lidiar con sentimientos que duelen, que no pasan rápido, que solo sanarán con un cambio de perspectiva. La pregunta es: ¿por qué queremos evitar el dolor y que todo pase rápidamente?
En la búsqueda de la respuesta, empecé a exponer en mi mente, todos aquellos momentos que me han resultado dolorosos, aquellos sobre los que tuve que admitir un duelo inminente y vivirlo como el único camino de sanación. Definitivamente coincido con Hemingway, tuve la necesidad de seguir adelante, asumiendo que todo eso que sentía, estaba sucediendo para algo en mi vida.
Ser adulto significa por sobre todas las cosas, hacerse cargo de uno mismo, de eso que sientes y de lo que has sido partícipe al haberlo construido, significa aceptar que, aunque desees mucho algo en tu vida, hay cosas que simplemente no ocurren y la vida se encarga de mostrarte que el camino no va por ahí y que el dolor que aquello provoca, puede ser una oportunidad para construir algo diferente.
Definitivamente suena más fácil de lo que realmente es, ya que también nos hemos construido en la idea, de que ser adultos, es hacer lo que “yo quiero, cuando yo quiero”; y aunque no deja de ser cierto en gran medida, también lo es como todo en la vida, tiene su precio y sus consecuencias.
Aunque con momentos buenos, no tan buenos, terribles, dolorosos y grandiosos, la vida vale la pena y la alegría, ser vivida, cada día es una nueva oportunidad que nos es obsequiada para hacer algo importante y emocionante con ella. Elegir desde el amor y no desde la carencia es el desafío diario que tenemos. Pensar que, a pesar del dolor, de la pérdida, la tristeza o angustia poder decirnos a nosotros mismos “voy a estar bien”, es el primer paso, para poder seguir adelante, no solo como un adulto responsable y funcional, sino como un ser humano completo, que vino a vivir todo eso que desea, desde el amor y la valentía para asumirlo en las acciones.
Pienso. Creo. Escribo.





A mí cuando me asaltan los recuerdos feos, tristes, dolorosos, suspiro tomo aliento, miro adelante y digo ya pasó, quedó en el pasado y no volverá.
Si creo que lo importante es sanar ese pasado para que no vuelva y si lo hace, que sea desde un lugar amoroso y no tormentoso.
Un abracito!